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Eduardo
R. Callaey, autor de EL MITO DE LA REVOLUCIÓN MASÓNICA, nos cuenta que ya en
el siglo XI los constructores benedictinos otorgaban al mandil una
connotación que superaba su carácter de atuendo para el trabajo del albañil.
En algunas estatuas de grandes nobles puede observarse que portaban el mandil
y, entre sus manos, un mazo y un cincel.
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